Esa Cruz sobre la tumba de nuestros difuntos es una Puerta al más allá de Dios misericordioso

Santo es el que pertenece enteramente al tres veces Santo... Vos y yo somos de Dios desde el Bautismo. Entre los santos del cielo también están mis seres amados que se adelantaron a mí.
Y esa Cruz sobre la tumba de mis seres queridos es una Puerta. No voy al cementerio a tocar el vacío, la nada; a rescatar un recuerdo; a constatar mi abandono o mi soledad. Voy a tocar el marco de tu puerta desde mi lado; tu puerta por la que entraste al más allá. Parecía que te “sepultábamos” en la tierra, pero subiste al cielo por esa cruz que signaba tu cuerpo ya desde el bautismo.
La luz con la que encendiste tantos de mis días, no se puede haber apagado definitivamente, solo porque yo no la veo, no se puede morir con lo demás. Esa luz que aún brilla en la memoria, ha traspasado umbrales desconocidos para mi ahora. Pero existe inmortal. Y cuando a mí me toque pasar por esa Puerta, entrare no en una luz más luminosa y eterna, sino en el incendio del Amor de Dios donde vos estás, donde ya no hay más muerte, ni lágrimas, ni dolor. Mientras tanto: ¡Dale Señor el descanso eterno y le brille la luz que no tiene fin!
“En Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección y aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina. Se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.” (Prefacio 1 difuntos)
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