Mons. Castagna: “Hay que recuperar la devoción al Espíritu Santo”

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, lamentó que exista “una inconsciencia inveterada acerca de la presencia viva - y vivificante - del Espíritu Santo en el mundo. Incluso entre los más creyentes”, y atribuyó esta falencia a “una deficiente catequesis y, particularmente, a una empobrecida práctica de la espiritualidad cristiana”.

“La Liturgia de la Iglesia no olvida la centralidad de este Misterio. Signo de ello es la solemnidad de Pentecostés, celebrada este domingo. Es lamentable que pase como una incomprendida fiesta del Calendario Litúrgico, que no deja rastro en la vida cotidiana de muchos creyentes y de la sociedad que componen”, sostuvo.

El prelado consideró que es “preciso volver a la importancia que le atribuye Jesús durante las densas jornadas de su ministerio mesiánico: ‘Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí’”.

“La recuperación de la devoción al Espíritu Santo, que afloró en muchos cristianos - a continuación del celebrado Concilio Vaticano II - contribuyó a un enriquecimiento destacable de la vida de la Iglesia”.

“Su manifestación, con frecuencia incomprendida en círculos selectos de la organización eclesial actual, aparece como un enrarecimiento de las tradiciones religiosas. No obstante, sus orígenes se remontan a los tiempos de las primeras y fervorosas comunidades cristianas, organizadas y custodiadas solícitamente por los apóstoles”, recordó.

Texto de la sugerencia
1.- Jesús cumple su promesa. Pentecostés constituye el cumplimiento de la mayor promesa de Jesús a sus desconfiados e ignorantes discípulos. El poder, de personal estilo, que el Señor ejerce sobre aquellos hombres simples, no basta para capacitarlos en favor de la misión que les confía. Mientras el Maestro está entre ellos, como uno más, no advierten la debilidad e ignorancia que padecen; se apoyan en Él, como el niño pequeño, tomado de la mano firme de su padre. A medida que Jesús despliega el sombrío panorama de su Pasión y Muerte, la duda y el temor tomarán, en ellos, proporciones alarmantes. ¿Qué harán cuando no esté con ellos? ¿A quién acudirán para entender y quién los animará a desarrollar la misión de evangelizar al mundo? Se impone que repasemos los Evangelios para comprobar, en las explícitas afirmaciones del Maestro, las referencias al Espíritu Santo. Hoy celebramos el hecho de la venida del Santo Espíritu sobre aquella pequeña semilla, constituida por un puñado de discípulos, encabezado por la Madre del mismo Señor, ya resucitado. Es Pentecostés, el inicio y promulgación pública de la Iglesia: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”. (Lucas 12, 32)

2.- El gran desconocido. Se habló del Espíritu Santo como el “gran desconocido”. Es verdad, pero no abarca toda la verdad. El mundo desconoce a Dios, aunque las Personas del Padre y del Hijo hayan obtenido mayor popularidad que la del Espíritu Santo. De todos modos Dios es Dios sin contar con el reconocimiento explícito de los hombres. Nos referimos a la Santísima Trinidad: Dios es Dios, Uno y Trino: el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; diversas Personas e idéntica naturaleza divina. Es fundamental en los contenidos de la catequesis llamada de “primeras nociones”. Hoy, la tercera Persona de la Santísima Trinidad se hace cargo de lo que se le atribuye: la animación del ministerio de la Iglesia, que está presente en la historia de los hombres y de los pueblos: purificación del pecado y santificación. El día de Pentecostés, que hoy celebramos, recuerda el acontecimiento de aquella impresionante y definitiva intervención. En el Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo el mundo es redimido de su pecado y transformado. El ejecutor será el Espíritu Divino, por el que Dios manifiesta su intención creadora y redentora. Cristo resucitado se constituye en el dador del Espíritu: “Reciban el Espíritu Santo”. Dios se manifiesta, en perfecta unidad, mediante el Hijo enviado por el Padre y el Espíritu Santo dispensado por Cristo resucitado.

3.- Recuperar la devoción al Espíritu Santo. Existe una inconsciencia inveterada acerca de la presencia viva - y vivificante - del Espíritu Santo en el mundo. Incluso entre los más creyentes. ¿A qué se debe tal falencia? A una deficiente catequesis y, particularmente, a una empobrecida práctica de la espiritualidad cristiana. La Liturgia de la Iglesia no olvida la centralidad de este Misterio. Signo de ello es la Solemnidad de Pentecostés, celebrada hoy. Es lamentable que pase como una incomprendida Fiesta del Calendario Litúrgico, que no deja rastro en la vida cotidiana de muchos creyentes y de la sociedad que componen. Será preciso volver a la importancia que le atribuye Jesús durante las densas jornadas de su ministerio mesiánico: “Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí”. (Juan 15, 26) La recuperación de la devoción al Espíritu Santo, que afloró en muchos cristianos - a continuación del celebrado Concilio Vaticano II - contribuyó a un enriquecimiento destacable de la vida de la Iglesia. Su manifestación, con frecuencia incomprendida en círculos selectos de la organización eclesial actual, aparece como un enrarecimiento de las tradiciones religiosas. No obstante, sus orígenes se remontan a los tiempos de las primeras y fervorosas comunidades cristianas, organizadas y custodiadas solícitamente por los Apóstoles.

4.- El poder del Espíritu Santo. Pentecostés constituye el acontecimiento prometido por Jesús, que pone a la Iglesia en condiciones de evangelizar al mundo. Pedro y sus hermanos Apóstoles no pierden el tiempo. Apenas descendido el Espíritu Santo van al encuentro de quienes, atraídos por fenómenos espectaculares, se reúnen frente al Cenáculo. Pedro les anuncia la Resurrección del Señor y tres mil personas deciden la conversión y son bautizados: “Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar, y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil”. (Hechos 2, 41) El poder de convicción que manifiesta Pedro no proviene de la elocuencia y sabiduría del humilde pescador sino de la gracia generada por el Espíritu Santo. Así lo es hoy. Cuando se pretende atribuir la eficacia evangelizadora, a elementos derivados del poder económico o político, se produce un inevitable fracaso.+
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