El Mártir Óscar Romero por dentro

REFLEXIONES EN FRONTERA, jesuita Guillermo Ortiz
Dicen que los otros Obispos dejaron solo a Romero en su lucha. Pero el lema episcopal de Romero era: “Sentir con la Iglesia”. Ese “sentir” con la Iglesia del Jesús del Evangelio que dice: “Lo que hacen a uno de estos pequeños me lo hacen a mí”. Es decir “sentir con el Pueblo” que sufre, que tiene instinto, que tiene “olfato” –diría Francisco- para distinguir a los verdaderos pastores y para expresar la fe.
Por eso, la beatificación del mártir Romero, que dio la vida por amor a Jesús, a los pobres, al Pueblo, es parte del sentido de la fe; del “sensus fidei” de los pobres; del Pueblo, que es infalible en el modo de creer; del Pueblo de Dios, que hoy -por la comunicación global, simultánea- es el Pueblo de Dios de El Salvador y del mundo entero; todos los que sintonizan la frecuencia potente del amor de Dios. El Dios que defiende a los más frágiles con el poder del amor y servicio de Jesús, en los corazones de hombres como Mons. Romero.
En el mensaje que Francisco escribió por la beatificación de Romero dice, entre otras cosas: “En este día de fiesta para la Nación salvadoreña y también para los países hermanos latinoamericanos, damos gracias a Dios porque concedió al Obispo mártir la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su Pueblo…”. El Papa eligió para Romero nada más ni nada menos que las palabras que el mismo Dios le dice a Moisés cuando lo llama para liberar a su Pueblo: “He visto el sufrimiento de mi pueblo”. Es esa la clave: ¡Veo y siento el sufrimiento del Pueblo, o no!
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