La Santa Sede en la FAO: “Un alimento perdido es un alimento robado a los pobres”


El lunes 30 de mayo, tuvo lugar un acto, organizado por la Misión de la Santa Sede ante la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) dedicado a las “Iniciativas concretas para reducir la pérdida de alimentos en el contexto de la seguridad alimentaria. Un reto para la comunidad internacional”. 

Entre los expositores intervino el presidente de Cáritas Internacional, cardenal Luis Antonio Tagle quien señaló que “los frutos de la tierra son para el beneficio de todos. Para ello es necesario adoptar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los pobres y los desfavorecidos”. 

"El problema de la pérdida de alimentos está muy presente entre las preocupaciones de la Iglesia Católica como una de las cuestiones que dificulta la disponibilidad de alimentos para todos y, por lo tanto, socava el desarrollo”, comenzó diciendo el purpurado. 

“En la práctica de las organizaciones de Cáritas, explicó el cardenal Tagle, uno de los retos para la ejecución de proyectos, en todos los niveles, es la pérdida de alimentos que los agricultores y las comunidades experimentan año tras año. La pérdida de alimentos se produce en todas las etapas de la cadena agrícola después de la cosecha, incluso durante el transporte del campo a la granja, durante la trilla o el descascarillado, durante el almacenamiento, durante el transporte al mercado y durante su comercialización”. 

Y añadió: “Es especialmente perniciosa para los agricultores en pequeña escala cuya seguridad alimentaria y cuya capacidad de ganar dinero con su trabajo pueden verse seriamente amenazadas. Los frutos de la tierra son para el beneficio de todos. Para ello es necesario adoptar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los pobres y los desfavorecidos. De acuerdo con la Doctrina Social de la Iglesia Católica la propiedad privada está subordinada al destino universal de los bienes”. 

“La experiencia de las organizaciones de Caritas demuestra que, a menudo, los pequeños agricultores no poseen la capacidad de gestionar las pérdidas posteriores a la cosecha. El derecho humano a una alimentación adecuada requiere la igualdad de acceso a los recursos para la alimentación; es decir, aparte de la propiedad de los bienes, la población rural debe tener acceso a los medios de educación técnica, al crédito, a los seguros y a los mercados”. 

Esto –precisó el presidente de Cáritas Internacional- es también el tipo de acompañamiento que Cáritas ofrece a través de la promoción de métodos mejores de cosecha, de la formación en técnicas de cosecha y almacenamiento puntuales, de sensibilización sobre el derecho a la alimentación, así como en requerir de los gobiernos políticas y estrategias específicas que orienten la tarea de todos los involucrados en las pérdidas posteriores a la cosecha, desde los investigadores, extensionistas, representantes del sector privado, gobiernos, ONGs y agricultores”. 

El cardenal Tagle mostró una serie de experiencias que Cáritas está llevando a cabo en Ecuador y en los Estados Unidos y concluyó señalando que Cáritas responde a una visión basada en el desarrollo humano que es integral y ecológico: los programas de Cáritas siempre están orientados a las personas más vulnerables y marginadas; aseguran el desarrollo sostenible, respetando el medio ambiente, la salud y el bienestar humano y el fomento de la creación de empleo; su objetivo es conseguir la justicia social, mediante la creación de alianzas virtuosas basadas en la solidaridad y la cooperación, favoreciendo la inclusión social”. 

Por su parte el Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, monseñor Fernando Chica Arellano, afirmó que “esta reunión deseó lanzar una acuciante llamada de alerta a la conciencia de la humanidad, para que nadie permanezca como un mero observador ante esta lacra, para que ninguna persona quede impasible viendo cómo multitud de hombres, mujeres y niños ponen en riesgo su sagrado derecho a la vida porque no tienen nada que comer o porque a duras penas se alimentan”. 

“Si ante esta tragedia no actuamos, si preferimos el silencio o perseveramos en la ambigüedad, estará venciendo el egoísmo. Nuestra parálisis será el triunfo de intereses sesgados que acabarán condenando a los más vulnerables a morir de hambre o a un alto riesgo de malnutrición”. 

“Aquí en la FAO –concluyó monseñor Chica Arellano- todos juntos quisimos proclamar con toda seriedad y convencimiento: en vez de perder alimentos, que todo se aproveche, que ningún producto se tire porque haya sufrido un deterioro superficial. Si logramos que ningún producto alimenticio se pierda, habremos pasado de la muerte a la vida. En efecto, frente a la pérdida de alimentos, que va unida simbólicamente a la muerte, hemos de promover la cultura del cuidado y el esmero, que ha de ir vinculada al fomento de la vida, de la solidaridad y de la ayuda a los más necesitados. Un alimento perdido es un alimento robado a los pobres y desfavorecidos”. 

En el mundo hay 795 millones de personas que pasan hambre y se desperdician 1.300 millones de toneladas de alimentos al año. Por ello, la Misión de la Santa Sede ante la FAO organiza un acto para dialogar sobre iniciativas concretas para reducir la pérdida de comida 

Alrededor de un tercio de la producción de los alimentos destinados al consumo humano se pierde o desperdicia en todo el mundo, lo que equivale a aproximadamente 1.300 millones de toneladas al año. 

El dato contrasta con los cerca de 795 millones de seres humanos en el mundo que pasan hambre, es decir, una de cada nueve personas (Datos: Estado de la Inseguridad Alimentaria en el Mundo, FAO, 2015).
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