Presentación del Sínodo Arquidiocesano

Queridos hermanos en Cristo Jesús:
Como todos los años, el Adviento alimenta en nosotros el deseo de encontrarnos con el Señor que viene a nuestras vidas.
Así como la bondad de sus obras y las palabras que anunciaban la salvación proclamada por Jesús advirtieron a Juan el Bautista su presencia, del mismo modo, la liturgia de este domingo nos invita a descubrirlo en las secretas y variadas maneras de hacerse presente en el rostro de nuestros hermanos. El anuncio de un Dios que tomó nuestra condición humana, sigue siendo la más maravillosa noticia de los siglos y es fuente de renovada alegría.
El esperanzador tiempo del Adviento me anima a dirigirles esta carta para anunciarles que, con la ayuda del Espíritu Santo, nuestra querida arquidiócesis de la Santísima Trinidad de los Buenos Aires, se dispone a celebrar un Sínodo, que durará los próximos años.
Si bien es una institución muy antigua en la vida de la Iglesia católica, no está demás decir que «sínodo» significa «hacer juntos el camino». ¿De qué camino se trata? Pues bien, no es otro que el camino del amor misericordioso y compasivo de Jesús, «quien pasó haciendo el bien y curando a todos» (Hch 10, 38). Él es el Camino que conduce al Padre.
Sin dudas, nuestro Sínodo es un fruto del Año de la Misericordia. Ese tiempo de gracia nos ha dejado un legado que no podemos ignorar ni dilatar: «La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona; hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno» (MV 12). Encuentro en estas palabras la razón de ser y el objetivo último del Sínodo, al que aspiramos con la gracia del Espíritu Santo.
La mejor imagen que identifica al Sínodo es la Iglesia en actitud de escucha a sus hijos. Para lograrlo nos dedicaremos tiempos y espacios de diálogo, de comunión y de oración, de modo que los bautizados podamos escucharnos y entendernos, y animados por un mismo sentimiento de caridad, todos, pastores y pueblo fiel, a su vez, podamos escuchar lo que el Espíritu dice a nuestra Iglesia de Buenos Aires (Cfr. Ap 2, 11).
El Sínodo nos permitirá sintonizar con el espíritu de servicio misericordioso que nos enseñó Jesús. Será también una oportunidad para reavivar el entusiasmo apostólico, que contagie en nuestras comunidades el deseo de un renovado testimonio de nuestra fe, capaz de anunciarlo a quienes no lo conocen. Una iglesia sinodal está mejor preparada para evangelizar nuestra ciudad.
La participación personal y comunitaria, el encuentro, la recepción y la buena acogida del hermano que llega, el espíritu fraterno, la cercanía a todos los bautizados, el diálogo y respeto por las ideas del otro, la capacidad de escucha, una sostenida espiritualidad de comunión, la alegría en el servicio, los deseos de aprender de los demás, la paciencia y perseverancia en las pruebas, el exponer con caridad y verdad lo que pensamos, el salir al encuentro de los que no creen, una constante sensibilidad para los enfermos y los pobres, el dar lugar para que participen los niños y los jóvenes –la Iglesia del mañana–, conforman entre otras virtudes y actitudes, el vocabulario más conveniente para que el Sínodo nos ayude a todos a crecer en un amor incondicional a la Iglesia.
El Sínodo es sinónimo de Iglesia, y también se lo puede imaginar como una nave que despliega sus velas, para que los vientos del Espíritu divino nos empujen a donde Él quiera.
El Sínodo nace y vive de la Eucaristía, y eso nos asegura la presencia misteriosa del Señor durante el camino sinodal. Para que todo ocurra según la voluntad de Aquel que nos incorporó a su Iglesia, tomamos de cada Eucaristía lo que necesitamos para seguir caminando.
Que el Sínodo porteño nos permita cumplir con el deseo del Papa Francisco para con toda la Iglesia: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo» (EG 27). Cuando en el 2020 nuestra arquidiócesis cumpla los 400 años de vida, es mi deseo –confiando en la ayuda de Dios–, que la celebración nos encuentre unidos y trabajando en ese propósito.
Para sentirnos seguros como los niños en manos de su madre, invocamos a Nuestra Señora de los Buenos Aires, para que nos cuide y sea nuestra compañera de camino, y que el ejemplo de nuestro santo patrono San Martín de Tours nos recuerde el primado de la caridad para con los pobres.
Los abrazo y los bendigo a ustedes y a sus seres queridos.
Cordialmente.
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